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Recordamos el pasado del legendario bar Ocho Puertas

by sonido

Por Javier Santiago / Especial El Nuevo Día 

Ocurrió en 1959; año en el que en Cuba triunfaba la revolución mientras Puerto Rico estaba en plena transición económica. Con el turismo en auge comenzaron a llegar oleadas de visitantes procedentes mayormente del Norte. Y una de esas turistas fue la neoyorquina Carole Landis, quien huyéndole al frío, llegó a San Juan para pasar cinco días de playa y sol. 

Caminando por las calles adoquinadas del casco de la capital se encontró con un local recién restaurado bajo el nuevo programa del Instituto de Cultura, que dirigía Ricardo Alegría. Indagó sobre el lugar ubicado a una cuadra del Palacio de Santa Catalina. Firmó un contrato con el propietario de la edificación. Y regresó a Nueva York decidida a establecer su rincón soñado en el Viejo San Juan. 

En la Gran Urbe compró muebles victorianos para la decoración del local y, con ellos volvió de inmediato bautizando el espacio por la cantidad de las puertas que este tenía; cuatro en la calle Fortaleza y cuatro en la Del Cristo.

Al son de jazz comenzó la historia del Ocho Puertas. Jo Jones, percusionista que había trabajado con Count Basie por espacio de 12 años, fue la primera atracción del novedoso local. Pero la fórmula no dio resultado y la poca experiencia en negocios los llevó al fracaso. 

Justo en esos días otros turistas que estaban de paso se acercaron al espacio colonial. Eran un publicista de Brooklyn y un decorador sueco que respondían a los nombres de Bern Zale y Torston Boberg. Con un presupuesto limitado pero con ganas de enfrentar retos, tomaron el lugar, alteraron su fórmula, bajaron los precios y lo convirtieron en uno de los centros más icónicos del mundo nocturno capitalino.

La diva alemana del celuloide Marlene Dietrich junto al pianista dominicano Rafael Kalaff en el Ocho Puertas. (Suministrada)

Un 22 de diciembre de 1960 el nuevo Ocho Puertas iniciaba su jornada artística. Su primera atracción lo fue Julio Rolón; guitarrista que hacía las veces de carpintero cuando los nuevos propietarios así se lo pedían. Posteriormente el joven Luis (Luiggi) Rivera le siguió en agenda, trayendo su piano porque en ese momento los comerciantes no tenían presupuesto para uno propio. Y el dúo español Luis y Soledad completó aquel primer cartel artístico del ambicioso proyecto.

Si bien el turismo continuaba en ascenso, el establecimiento de hoteles en la zona del Condado fue igualmente en aumento. Y con ellos comenzaron a asomarse las estrellas internacionales al San Juan de la época. Mas para el talento “del patio” no había grandes oportunidades en esa zafra hotelera. De ahí que Bern y Tor vieran la posibilidad de establecer un espacio para muchos talentos que poco a poco fueron identificando en el País.

Bern, la afamada Liza Minnelli, Tor, y la actriz y cantante Ivonne Coll. (Suministrada)

Jóvenes como Mary Pacheco, Nydia Souffront, Papo Román, Carmín Vega, Sonia Noemí González, las Hermanas Castillo y Nardy Flores fueron abriéndose paso en la cartelera compartiendo con otras figuras procedentes del exterior como lo eran Ginger Ryan, Sylvia Copeland, Freddy, Gerónima, Chelo Morán, Isabel Sánchez y el pianista dominicano Rafael Kalaff. 

Otros nombres establecidos como Lucy Fabery, Gilberto Monroig, Carmen Delia Dipiní, Ida Claudio, Raffi Muñoz y Marta Romero gozaron allí de buenas temporadas. A estas se fueron añadiendo nuevas figuras que calaron en la escena como la filinista Renée Barrios, el enérgico Raoul González y la genial Sylvia del Villard.

Ya para esas fechas, el pianista oficial era Joe Valiente. Y con tan singular personaje la magia del centro nocturno se completó a la perfección. 

El legendario pianista Liberace visitó el centro nocturno. Frente a él aparece la recién fenecida pianista y cantante Renée Barrios. (Suministrada)

Entrando en conexiones con los hoteles, convidaron a las grandes figuras para agasajarlas en el local. Estrellas de la ópera internacional como Hope Hampton, el ídolo juvenil Paul Anka, el pianista Liberace, la sensual Marlene Dietrich y los cantantes Eddie Fisher y Michel Louvain vivieron noches de bohemia en el Ocho Puertas. A ellos se sumaron personalidades de la talla de Xavier Cougat, el mimo Marcel Marceau, la estelar Chita Rivera, la fogosa Diosa Costello y el dramaturgo Tennessee Williams. Liza Minnelli, por aquello de no quedar fuera de la lista, se convirtió no sólo en una gran amiga de binomio sino también adoptó un perro sato en la esquina del local que llevó por nombre Ocho. (Fue este el primer satus portorricensis en engalanar la portada del National Enquirer por haber mordido a un ama de llaves.)

La fórmula se afianzó y el local se labró de un público exclusivo y selecto. Si algún parroquiano tocaba la puerta y Tor entendía que no debía entrar, con su marcado acento sajón le indicaba: “todo está lleno” o alguna otra excusa que le viniera a la mente. 

Entrada la década de 1970, la vida nocturna en San Juan fue cambiando. La competencia nocturna se intensificó, los carnavales disminuyeron en impacto, los centros comerciales minaron la vida económica del casco capitalino y la recesión del petróleo hizo estragos en la cotidianidad. 

Aún así Bern y Tor supieron iniciar una nueva etapa en la que reinaron los talentos locales: Chucho Avellanet, Alberto Carrión, Oscar Solo, Rafael José, Glenn Monroig, Anexo Tres, Glorivee, Marilyn Pupo, Camille Carrión, Trío Integración… Desarrollaron espectáculos de concepto como “Ivonne Coll ¿canta?”, “Había una vez dos corazones” con Dean Zayas y Sharon Riley; comediantes se sumaron a la cartelera como Awilda Carbia, Norma Candal, Gilda Galán, El Casanova… Y entre todos una figura en pleno apogeo decidió hacer del Ocho Puertas un punto fijo para sus actuaciones: Danny Rivera. Las filas interminables que generaba para cada concierto se repitieron temporada tras temporada. Y la crítica especializada lo aplaudió vez tras vez sin cansarse.

Ya en octubre de 1979 Bern y Tor celebraron 20 años de labor en Ocho Puertas. Y, tres meses más tarde anunciaron sorpresivamente la venta del local.

El 2 de febrero de 1980, la pareja cerró su ciclo en Puerto Rico con la presentación del último concierto de Lucecita en el icónico lugar.

Con la promesa de continuar el taller para los nuestros, la nueva gerencia compuesta por Virgilio Fournier y Doel García, este último ex Director de Turismo, inició su jornada con la presentación de Rafael José. Otros artistas siguieron en agenda mientras el local contaba con Lolita Vargas como administradora. Pero los tiempos ya eran otros… La diversidad artística, sumado a los cambios en patrones turísticos y logísticos del mismo Viejo San Juan no pudieron prolongar la vida del centro nocturno. 

El Ocho Puertas cerró al nacer la década de 1980. Los públicos se movieron a otros lugares… el Green House, el 1919, los centros nocturnos de los hoteles y el naciente Centro de Bellas Artes en Santurce. Desde entonces, su espacio ha albergado diferentes comercios de poca duración. Pero el recuerdo del Ocho Puertas sigue vigente. Tal como lo describiera Antonio Martorell en la producción del Banco Popular en 2003: “Eran Ocho las puertas cerradas al día y abiertas a la noche”.

¡Qué viva pues el recuerdo… “a las puertas del Ocho Puertas”!


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